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martes, 7 de enero de 2025

Gastroletras de Sandro Veronesi

Sandro Veronesi y Edoardo De Angelis escriben una historia de humanidad en medio de la Segunda Guerra Mundial. El rescate de un héroe italiano: el comandante Salvatore Todaro. 

El 28 de septiembre de 1940 el submarino Cappellini de la armada fascista italiana partió del puerto de La Spezia con rumbo al Atlántico, vía Gibraltar. Al mando estaba el veterano comandante Salvatore Todaro, un hombre que llevaba el pecho cubierto con una coraza de acero debido a viejas heridas de combate.

Durante su misión, avistaron un buque belga, el Kabalo. Se produjo un combate naval y el submarino hundió al barco enemigo. Pasado un rato, vieron aparecer a varios tripulantes sobrevivientes. Pese a que el almirante alemán Dönitz ordenó explícitamente que no se los rescatase, Todaro decidió contravenir a sus superiores y primar, por encima del reglamento militar, la ley del mar, que dice que hay que rescatar a los náufragos. 

Y en medio de esa historia hay espacio --y tiempo-- para lo gastronómico.

En fin, que vienen y el comandante le pregunta al joven belga cuál es la mejor comida de su país. El otro se queda desconcertado, no se esperaba la pregunta, al pronto no contesta y el comandante se lo repite_ --¿Cuál es la mejor comida de Bélgica? El joven responde al fin, pero dice una cosa muy rara, que sorprende a todos: --Las patatas fritas. Todos los italianos que estamos allí, incluido el comandante, nos echamos a reír. --¿Las patatas fritas? ¿Lo dice en serio, teniente? El belga contesta que sí, que es el plato típico de su país, inventado por ellos: las patatas fritas. El comandante me mira y me pregunta si lo sabía, y yo le contesto que no, que no tenía ni idea, y pienso en todos los platos de patatas que sé cocinar: pastel de patatas, croquetas de patata, patatas asadas, patatas a la cazuela, patatas a lo pobre, patatas al horno, patatas a la panadera, puré de patatas, patatas rellenas, patatas a la brasa, patatas a la parrilla, patatas lionesas; pienso en el plato de patatas fritas por excelencia, la tortilla de patatas, y pienso también, ya de paso, en platos de fritos, como pasta rellena frita, buñuelos de todo tipo, picatostes, melocotones fritos, croquetas de aroz, de pollo, de jamón y queso, calamares a la romana, queso frito, pescadito frito, manzanas fritas, flores de calabaza fritas, hinojo frito, sémola frita, polenta frita, hígado de cerdo frito,  tomate frito, pollo frito, cordero frito, conejo frito, chuletas fritas, mollejas fritas, sesos y lomos fritos, alcachofas fritas, zanahorias fritas, calabacines fritos, setas fritas y todo tipo de croquetas, hasta las de patata, pero el belga habla de otra cosa, habla de un invento, y yo veo enseguida que es un invento sencillo y genial, la base de toda la cocina italiana que he estudiado con tanta pasión, y siento que es una vergüenza que no lo hayamos inventado nosotros, los italianos, mejor dicho, que no lo hayamos inventado los napolitanos, que freímos todo lo que pillamos. Sí, es una vergüenza, ¿cómo hemos dejado que lo inventen los belgas? Es como si de pronto viniera un turco y nos dijera: "La pizza la inventé yo". No sé cómo se cocinan estas patatas fritas belgas, pero mi paladar ya me dice que son una delicia. El comandante también ve que son algo grande: quiere que las probemos y me dice que le pregunte al belga cómo se preparan. Lo hago, el belga me contesta que se fríen con manteca de vaca y yo le explico que los italianos llamamos sebo a la manteca de vaca y que no freímos con sebo, sino con manteca de cerdo, que también llamamos saín. A continuación, me muestra cómo cortan las patatas y es otra sorpresa: las cortan en forma de bastones. Me dice que en todas las cocinas de su país hay un instrumento que corta las patatas así, como en las de nuestro país hay un pasapurés, y Vicenzo el Pobre y yo nos ponemos a pelar patatas y a cortarlas en forma de bastones, mientras los demás nos miran, los belgas porque saben lo que van a comer y los italianos porque no lo saben. Freír no tiene secretos para mí, soy todo un maestro en el arte de rebozar y empanar, pero este invento es distinto, porque los bastones de patata se echan en manteca de cerdo hirviendo tal cual, sin rebozar ni con harina ni con pan rallado, nada. ¿Quién fríe así en Italia? He aquí un pueblo valiente, pienso mientras cocino, que es capaz de inventar un frito tan humilde. Y he aquí un pueblo con genio, pienso cuando pruebo las patatas, que inventa un frito tan delicioso. Empezamos a servir las patatas y, de repente, se hace ese silencio que imponen las cosas serias: los italianos están pasmados y los belgas como en casa. No solo el comandante tenía razón, y hacer lo que hay que hacer inspira incluso al enemigo a hacer lo mismo, sino que enseguida nos hemos visto recompensados, pues, de no haber salvado a los belgas, este plato de patatas sencillo, humilde, riquísimo y revelador, se hubiera hundido con ellos y nunca lo habríamos probado.

viernes, 6 de diciembre de 2024

Gastroletras de Dolores Redondo

La novela negra española goza de una excelente salud. Las sagas de Juan Gómez Jurado, Domingo Villar, Eva Sáenz de Urturi, Mikel Santiago, María Oruña, Ibón Martín, Lorenzo Silva, Javier Castillo o Carmen Mola son clásicos contemporáneos del género. Y en esa lista destaca también la donostiarra Dolores Redondo que tras la Trilogía del Baztán, este año ha vuelto con Las que no duermen NASH, de donde hemos rescatado este fragmento donde aparece el personaje de Beth, estudiante del Basque Culinary Center, en el contexto del confinamiento por el COVID-19.
Únicamente Beth permanecía activa en su cocina en las horas centrales del día, pero lo hacía de un modo silencioso, ensimismada en su actividad. Nash tomó un café mientras observaba. --¿Qué estás cocinando hoy? --Un manjar del Baztán. --Sonrió--. Txuri, ta beltz. --¿Blanco y negro? ¿Me lo explicas? --El txuri se compone de ripas de cordero, perejil, ajo, sal y huevo. Hay que cocerlos en cuajo, después se pican, se hace una farsa y se embute en el intestino grueso del cordero hasta conseguir una morcilla blanca, después se pone a cocer de nuevo hasta que esté bien duro; el beltz es una mezcla de sangrecilla y cebolla... --Para, para, es... absolutamente medieval --dijo alucinada--, ¿Es que no cocinas nada normal? Beth rio. --¿Normal como nuggets? --Normal, como normal; sangre, tripas picadas, pulmones, cerebros, huesos..., es cocina brujeril. Tengo un amigo etnólogo que se moriría de gusto hablando contigo. Le vista el otro día en la videollamada, Julio. --Invítale a que venga. --Lo haré en cuanto levanten el estado de alarma, te lo prometo, os vais a caer muy bien. Me imagino al inquisidor Alonso de Salazar y Frías llegando a Baztán en 1610 y viendo a las mujeres de la zona añadir a los pucheros cabezas de oveja, huesos pelados, riñones y pulmones... Viéndoos rellenar tripas con sangre y cebolla, y decidiendo que erais todas brujas. --Parece que a Salazar le gustó bastante nuestra comida. Gracias al señor inquisidor y su informe a la Santa Inquisición, nadie volvió a morir en la hoguera por brujería.



jueves, 14 de marzo de 2024

Gstroletras de Lorenzo G. Acebedo

La taberna de Silos, novela de Lorenzo G. Acebedo (seudónimo), es una entretenida novela cuyo protagonista es, nada más y nada menos, que Gonzalo de Berceo. Recuerda, ciertamente, a El nombre de la Rosa, pero en esta obra hay otro protagonista que compite los crímenes y a la labor de los copistas medievales, que sirven de hilo conductor a la trama, y no es otro que el vino. Y no solo como elemento cultural o territorial, sino que tendrá un papel más que relevante en la historia. Ya desde el principio se plantea el viaje como un viaje entre dos riberas y no entre dos comarcas.

La primera parte del viaje la hice solo, atravesando la Sierra de Arandio hacia las tierras de Castilla, bajo mi sombrero de ala ancha, dejando atrás los vinos de la ribera del Oja y del Ebro, hacia los desconocidos vinos de la ribera del Duero.

[...]

El agua es mala en todas partes, pero el vino... Había tomado precauciones. El día anterior había acordado con un carretero el transporte de una carga de dos barriles quintaleños de mi mejor vino hasta Silos. Llegaría un par de días después que yo, el tiempo suficiente para decidir si le regalaba una al abad, como parecía más adecuado, o convenía más regalársela al tabernero. Nunca se sabe de dónde puede venir el negocio. La otra era para mi propio sustento. Viajo lo menos posible, pero siempre con vino. No conviene someter el cuerpo al mismo tiempo a cambios de clima y de bebida.

Múltiples son los momentos en los que se habla del buen y del mal vino. 

Tuve que soportar sin rechistar el elogio que fray Garci hizo de la bebida mientras competía con Lope en vaciar las jarras, porque sé bien lo ciego que es el hombre con sus propias obras, y no me cupo ninguna duda de que aquello solo podía elogiarlo su dueño. Yo me callé, pero el que no estaba para sutilezas era Lope. --¿Vino dilicioso? ¿Dilicioso llamas desta pócima? Pues ti digo que está más bautizado qui yo. [...] Llamo bautizado non solo vino con agua, también vino flojo. ¡Es muuuucho flojo! Yo ti puedo inseniar di hacerlo más fuerte. ¡Sencillo!, ¿eh? Me hacía gracia aquel caminante del diablo. Sobre todo porque tenía toda la razón. Se notaba en el paladar que aquel vino había cocido deprisa y mal. Por no hablar de lo más evidente: exceso de resina para evitar que se echara a perder y de paso ahorrar tiempo de secado de la madera al sol antes de hacer las cubas. Prefiero un buen vinagre a un vino cargado de resina.

Y de su significado más profundo.

El vino no solo es sangre, sino también la medida del tiempo. Si se podan las viñas, estamos en marzo; si se reparan los toneles, en agosto; si se vendimia, en septiembre, y si se pisa la uva y se elabora el vino, ya será octubre. Es tiempo, es sangre, es vida y, en estas tierras, también es la tinta con que se corroboran los acuerdos. Tinta bebida en alboroque, una celebración con que los moros les enseñaron a sellar dignamente los negocios provechosos.


 

martes, 9 de enero de 2024

Gastroletras de Millás y Arsuaga

Hace unos años, el escritor Juan José Millás y el paleontólogo Juan Luis Arsuaga llevaron a los puestos de honor de las listas de libros más vendidos dos ensayos verdaderamente amenos sobre los orígenes del ser humano: La vida contada por un sapiens a un neandertal (2020) y La muerte contada por un sapiens a un neandertal (2022). Hemos rescatado dos párrafos de esa conversación entre los autores que tratan aspectos gastronómicos que nos han parecido divertidos y curiosos.

Sobre el vegetarianismo del ser humano

Mira, más del noventa por ciento de las calorías que ingiere la humanidad proceden del arroz, el trigo, la patata y el maíz. Cuatro plantas. Un extraterrestre nos apuntaría en el grupo de los vegetarianos.

Sobre los vascos y la patata

Respecto al anacronismo de las patatas con el que has intentado amargarme el día, quiero recordarte que en La Leyenda de Juan de Alzate, mi libro preferido de Baroja, los vascos comen maíz antes de que el maíz llegara de América. Baroja lo justifica diciendo que no puede imaginarse a sus antepasados comiendo mijo, como si fueran canarios. Así que comían maíz, con dos cojones. 


 

lunes, 1 de agosto de 2022

Gastroletras de Domingo Villar

Ojos de agua es la primera novela de una saga. protagonizada por el inspector Leo Caldas. Ambientada en Galicia, la obra de Domingo Villar es una de las novelas negras españolas más aplaudidas de los últimos años. Y, claro, si estamos en Galicia, la cocina debe tener cierto protagonismo. Rescatamos un fragmento que nos encantó por la sutileza y por entender, desde Málaga, cómo disfrutan de las sardinas a más de 900 kilómetros.

No habían previsto comer allí, pero la llamada de Guzmán Barrio confirmando la hora del entierro les había obligado a cambiar de planes. [...]

El restaurante de Porriño se lo había recomendado Ríos, que había preferido la pesca de altura en lugar de acompañarles en la degustación de las sardinas. Rafael Estévez había insistido en desafiar el calor comiendo bajo el emparrado en las que, sobre brasas hechas con carozos de maíz, se asaban lentamente los pescados y las patatas con piel.

--Están cojonudas, jefe --Estévez habló con la boca llena--. Mire que se daba un poco de asco esto de sujetar un pescado con los dedos, pero la verdad es que tenía usted razón, están mucho más ricas así.

--Ya te lo dije.

Rafael dejó la espina en la fuente y atacó la siguiente pieza.

--¿No le parece que son un poco pequeñas?

--Aquí decimos que "a muller e a sardiña, pequeniña".

--Pues no estoy yo tan de acuerdo.

--Ya me extrañaba a mí --murmuró Caldas sirviéndose un cachelo de la fuente y colocando una sardina sobre la patata para que se empapara de la grasa y la sal del pez.

Selimpió las manos en una servilleta de papel para alcanzar la helada jarra de barro que contenía el vino blanco y volver a llenarse la copa. Encontraba aquel vino casero demasiado ácido, pero agradecía su frescor. Después sujetó el pescado con una mano por la cabeza y con la otra por la cola, se lo acercó a la boca y mordió con fruición la carne salada. Dejó el pez a medio comer en el plato y aplastó con el tenedor el cachelo sobre el que había reposado la sardina. Colocó la patata deshecha en una rebanada de pan de maíz y le dio un bocado. Luego volvió a la sardina y le hincó el diente a la otra mitad. Después de casi un año sin probarlas, le sabían a gloria.


[Villar, D., Ojos de agua, Siruela]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 16 de noviembre de 2021

Gastroletras de Shalom Auslander

Tras la magistral Lamentaciones de un prepucio y de la no menos desternillante Esperanza: una tragedia, el escritor estadounidense Shalom Auslander que muchos han definido como el heredero literario-humorístico de Woody Allen, ha publicado Mamá para cenar. Una novela caníbal, otra novela cargada de ironía que, para abrir boca, comienza del siguiente modo (imaginaos las 274 páginas siguientes):
Las madres saben fatal.

Son repugnantes, de la cabeza a los pies --la cabeza es la peor parte--, y no hay condimento que valga, pregúntale a cualquiera que se haya comido una. Ya puedes asarlas, cocinarlas al baño maría, deshidratarlas o convertirlas en cecina, que servirá de nada.. Incluso el olor es horrible: asa una a la parrilla y pensarás que alguien ha estado quemando neumáticos de coche; y, no es por nada, pero con un poco de alioli probablemente un neumático sabría mejor que una madre.

Que conste que no es una cuestión de género, no te emociones. Las mujeres en general no saben peor que los hombres y, de hecho, a menudo saben mejor. En gran medida depende de la preparación, por supuesto, pero los hombres tienden a vivir vidas sedentarias, lo que les da un sabor ahumado que no es del agrado de todos. Las mujeres, en cambio, tienden a ser más activas y a vivir más tiempo; su carne es más magra y su sabor, más sutil.

Pero las madres (concretamente, las mujeres que han dado a luz) son harina de otro costal.

Las madres tienden a vivir mucho más tiempo, con lo que se vuelven correosas y secas: sus años condimentados con desilusiones y angustias, sus muertes a menudo precipitadas por largos períodos de confinamiento en cama, que acartonan músculos y articulaciones.

Como decían en la antigua patria: "Con madre muerta en el covite, nadie repite".

No es que los padres sepan bien, pero los hombres suelen morir antes ya. menudo de forma repentina. A ver, tampoco es que sean wagyu, pero sí son más apetecibles que las madres.

"¿Y qué pasa con los que mueren realmente jóvenes?", te preguntarás. "¿Saben bien?" 

Pues sí.

Son una delicia.

Es una ironía terrible, de la que solo el antiguo pueblo caníbal es consciente. 

Cuanto más joven es el muerto, más dulce es la carne.

Cuanto más dulce es la carne, más amarga es la pena. 


[Auslander, S., Mamá para cenar,
Blackie Books]


martes, 12 de octubre de 2021

Gastroletras de Didierlaurent

 El lector del tren de las 6.27, del autor francés Jean-Paul Didierlaurent, es una novela curiosa, con personajes en apariencia anodinos son capaces de cualquier cosa. Una novela de amor por los libros... y de amor, con altas dosis de humor negro y cargada de ternura. Una sorpresa editorial en este 2021. Y con su correspondiente momento gastronómico, que compartimos a continuación. Esto lo cuenta una de las protagonistas, que es limpiadora en los baños de un centro comercial:

El jueves es un día especial. Es el día de mi tía. El día de los buñuelos. Son su droga. Cada jueves necesita su dosis. Ocho buñuelos comprados en la confitería de su barrio. Ocho buñuelos y nada más. Nunca la he visto aparecer con un pastelito relleno de crema, una tartaleta o un milhojas. No, siempre esas ocho bolitas de pasta esponjosa espolvoreadas de cristalitos de azúcar. Por qué ocho y no siete o nueve, es un misterio. Hasta aquí, me dirán ustedes, no hay nada de extraordinario, y estoy de acuerdo. Pero el asunto que lo convierte en algo verdaderamente especial es que mi tía no vuelve a su casa para saborear esas delicias delante de la tele ni se va al café más cercano para ir picando directamente de la bolsa mientras da sorbitos a un chocolate caliente o a una infusión de tila. No, ella viene hasta aquí con su frágil tesoro delicadamente apretado contra su pecho. "Compréndelo --me explicó un día--, no saben igual  en todas partes. Ya lo he comprobado, varias veces incluso. Los he comido en los más hermosos lugares que puedan existir, en salones de té tan elegantes que hasta las miguitas que caen al suelo valen dinero, pero solo aquí despliegan todo su aroma y todo su sabor. Auténticos bocados paradisíacos. Es como si el lugar los mejorase, ya me entiendes. Aquí mis buñuelos se vuelven excepcionales, en cualquier otra parte son solo buenos". No les oculto que, intrigada, también quise probar esa experiencia, al menos una vez. No con buñuelos, sino con un gofre. Me zampo uno de vez en cuando, cuando tengo un huequecito. La crepería de la planta baja los hace excelentes. Lo pido siempre sin nada y me lo como delante del mostrador, impaciente, antes de regresar a mi puesto. Un día me traje aquí mi gofre calentito y crujiente y me encerré en una de mis cabinas para saborearlo. Por ver. Pues bien, tengo que reconocer que mi tía no estaba en absoluto equivocada. Había un no sé qué diferente, como si mi gofre se hubiera hecho sublime en medio de todos mis azulejos. No recordaba haberme deleitado con uno tan bueno. Cuando tiene que hablar de sus buñuelos, mmi tía no tiene fin. "Nada que ver con esos pasteles arrogantes que exhiben su crema, ni con esos bizcochos pretenciosos recubiertos con pasta de almendras y que se doblan bajo el peso de sus propios artificios", dice ella, acalorada. "¡El buñuelo es a la pastelería lo que el minimalismo es a la pintura!", le suelta tan pancha a quien quiera oirla. "Liberado de cualquier efecto engañoso, el buñuelo se presenta ante nosotros en toda su desnudez, con el único adorno de esos escasos cristalitos blancos, y se ofrece tal cual es: un dulzor que solo pretende ser comido, así de simple". ¡Ay! Yo la entiendo; cuando se pone, es una verdadera poeta.

"--¿Me has reservado la 4, la grande? --me dice entre dos besos.

"--Sí, tía, ya sabes que siempre te reservo la 4.

"Los jueves limpio su cabina nº4 de arriba abajo, antes de echarle el cerrojo hasta que ella llegue. Es su privilegio. Tiene su propia cabina aquí como otros tienen su propia mesa en Fouquet's o su propia suite en el Hilton. Una vez que me pasa su chaqueta, su bolso y su sombrero, va trotando hasta allí con su bolsita de buñuelos en la mano, su cojín bajo el brazo y la mirada chispeante de glotonería. Durante unos veinte minutos, cómodamente sentada en el confortable cojín colocado sobre la tapa bajada del inodoro, mi tía va tragándose uno a uno a sus protegidos, aplastando con su lengua la pasta contra el paladar para liberar en el centro de sus papilas las exhalaciones de vainilla que encierra en su seno el buñuelo. "¡Si tu supieras, mi Julie! --exclama cuando sale de allí--. ¡Dios mío, qué bien saben!" Toda una onqui que acaba de meterse sus ochos chutes de un tirón". 

[Didierlaurent[ , J-P., El lector del tren
de las 6,27
, Seix Barral]

 

domingo, 3 de enero de 2021

Gastroletras de Elisa Ferrer

Temporada de avispas es el título ganador de la decimoquinta edición del Premio Tusquets Editores de Novela (2019). En esta obra, su autora, la valenciana Elisa Ferrer, narra la historia de Nuria y de su familia, llena de secretos, a partir de una sorprendente llamada telefónica. Una lectura muy recomendable que, además, tiene fragmentos gastronómicos llenos de detalles que evocan nuestra infancia. Permitidme que comparta algunos de ellos.

Roscón de Reyes
El primer fragmento que rescatamos es de la víspera del Día de Reyes, su tradición y cierta manía más que extendida. "Ese señor" es la nueva pareja de la protagonista, por cierto.

Cuando llegasteis a casa, mamá y ese señor sacaron una cena muy rica, y luego os comisteis el roscón y Raúl y tú le quitasteis toda esa fruta asquerosa que tenía por encima. Era de los de nata por dentro, aunque a ti te gustaba más el que tenía chocolate. Ese señor había comprado el de nata porque era el preferido de mamá. En tu trozo salió el haba, y mamá y el señor se rieron y dijeron que te tocaba pagar el roscón. A ti te dieron ganas de llorar, pero seguías mostrando una gran sonrisa, con las mejillas estiradas. A él le salió una figurita de un Rey Mago y tu madre le puso la corona en la cabeza. Te acordaste de que en las últimas navidades la figurita le tocó al abuelo, que te dio la corona a ti, y te habían hecho tantas fotos con la boca manchada de chocolate y la corona en la cabeza que te habría gustado no irte a dormir nunca.


Un café en Granier 
Os comentaba más arriba que los fragmentos que he rescatado son ricos en detalles. Recupero algunas líneas del capítulo 11, donde la protagonista queda para tomar café en una de las cafeterías de la franquicia Granier. Fijaos en esos detalles, tan reconocibles como aparentemente invisibles, con los que salpica la narración.

Las manos me tiemblan, tengo palpitaciones, pero solo me apetece tomar un café. Un café doble. Un pico de cafeína, en lugar de tila o rooibos, como todas esas ideas de mierda que se me ocurren y sé que no tienen sentido. El olor a mantequilla de los cruasanes prefabricados, a bollería industrial que las pizarras de letra redonda anuncian como casera y reluce tras el mostrador exhalando grasas trans, me revuelve el estómago. Me molesta el ruido de la máquina de café a la que dos chicas con gorrito granate y una etiqueta con su nombre, que cuelga rígida de su pezón derecho, tratan a golpes al rellenar las tazas sobre las que dibujan espigas, corazones, sonrisas. Sonrisas como las que mantienen congeladas en sus caras de desidia.

[...] Hola, levanto la cabeza y veo a Laura. Delante de mí, de pie, el rostro contraído en un gesto severo. Está sola. Está seria. Ni rastro de la chica de las mechas. Se quita el pañuelo del cuello y lo cuelga en el respaldo de la silla. Va a colgar también su bolso, pero se detiene. ¿Has pedido?, y yo niego con la cabeza. Le digo que yo voy, que paga la revista, y ella dice que no con la cabeza, seca. Un café solo, digo. Doble, añado mientras me observa impaciente. Y hago una bola con la servilleta cuando se da la vuelta.

Vuelve esquivando a una chica trajeada que sale del local hablando por el móvil a gritos, las dos tazas haciendo equilibrios sobre una bandeja de plástico negra. La deja sobre la mesa y se sienta frente a mí, en tensión. Además de un té, ha pedido una de esas ensaimadas sudorosas y su olor a mantequilla caliente me revuelve la tripa de nuevo.

[...] Me quemo los labios con el café, pero aun así le doy un trago y me abraso la lengua, la garganta. Sí, soy Nuria, le digo, y mi hilo de voz suena absurdo [...] 

[...] Me acerco a la barra y le pido un café a una de las camareras de gorro granate, a la menuda, cuyo nombre, Kelly, sigue firme en la teta derecha. Cuando se acerca con él a la barra, le pido que lo aliñe con un chorrito de ron. Se me derraman unas cuantas gotas de café sobre la bandeja negra. Al llegar frente a Laura, apilo la bandeja sobre las otras dos en una mesita que empieza a ser pequeña para tanto peso. 


Otro helado
El último fragmento de esta novela que comparto me trae recuerdos de mi infancia, de los días de sol, arena y salitre.

El chiringuito era lo más porque comprabas un helado y a veces te tocaba otro de regalo, estaba escrito en el palo de madera cuando acababas de chupar todo el chocolate. Tus padres nunca querían que te comieras dos helados seguidos y tenías que guardar el palo para otro día, pero cuando estabais en el chiringuito y estaban tan contentos bebiendo vino y hablando con los tíos ni se enteraban, porque tu tío nunca cerraba la boca [...] Por eso, cuando te tocaba un helado de regalo te lo comías seguido, sin darle ni un mordisco al primo Marcos, sin que tus padres se dieran cuenta, distraídos como estaban escuchando al tío.

[E.Ferrer, Temporada de avispas]

domingo, 3 de mayo de 2020

Gastroletras de Caitlin Moran

Irreverente, divertida, sorprendente, feminista, provocadora y visceral. Así es Caitlin Moran y así es su literatura. Cómo ser famosa es su última novela y, entre el britpop omnipresente, rescatamos este fragmento que nos ha parecido genial, hilarante y que muestra claramente el estilo de la autora. Todo gira alrededor de un solomillo navideño y de la pasión que un padre --verdaderamente peculiar-- siente por él. Disfrutadlo.
--Me temo que esto no va a pasar --dice Krissi, compungido, y le da otra calada al cigarrillo--. Mamá le ha hecho la cama en la caseta, es decir, ha tirado un saco de dormir encima del cortacésped y no ha comprado el solomillo.
--¿Que noha comprado el solomillo?
--No, no ha comprado el solomillo. 
Esto sí que es una noticia bomba, un suceso insólito. Por razones que nunca nos han aclarado, para mi padre la Navidad consiste, esencialmente, en un gran homenaje al filete. Mi adre compra una pieza de solomillo y mi padre se pasa días marinándola con cariño, hirviéndola, cubriéndola de miel y especias y, por último, asándola. Es lo único que cocina en todo el año, la veneración del filete. Lo mima como se mima a un bebé. De hecho, como siempre señala mi madre con un odio alegre y festivo, "le ha dedicado más tiempo a esa carne del que jamás os ha dedicado a ninguno de vosotros". 
Eso nos lleva a Krissi y a mí a confesarnos mutuamente que, cuando dijo eso, nos la imaginamos pariendo a cinco filetitos, todos con sus gorritos y sus peúcos de ganchillo, y que esa es una de las numerosas razones por las que nunca comemos del solomillo de mi padre: sería como comernos a un hermano.
La principal razón por la que no comemos de ahí es que nuestro padre no nos deja.
--Está demasiado rico, no es para cuervos --nos dice mientras lo envuelve delicadamente con papel de aluminio y lo mete en la nevera antes de gritar--: ¡Que a nadie se le ocurra tocar mi puto filete!
A lo largo de las fiestas, mi padre vive casi únicamente para el solomillo (que va acompañado de un surtido de chutneys) y, si entras en la cocina en cualquier momento del día, te lo encuentras encorvado sobre él, cortando una loncha, como un dragón encorvado sobre sus cerditos. Dado que el otro pilar de la dieta de mi padre es la fritada de beicon, salchichas y morcilla, podríamos afirmar que, en el mundo de los cerdos, viene a ser como Hitler: el responsable de un holocausto porcino a lo largo de décadas de monodieta a base de cerdo. Ah, y de chicharrones. También le encantan los chicharrones. Para él, "Los tres cerditos" no era un cuento infantil, sino un menú. Dios mío, cómo le llega a gustar el cerdo. El año que se me olvidó darle de comer a la perra y entró en la cocina y robó la carne que estaba en la encimera fue un año aciago.
"¡MI SOLOMILLO! ¡SE HA ZAMPADO MI PUTO SOLOMILLO!!, gritó mi padre, tan colérico que se le saltaban las lágrimas y se puso a pegarle a la perra con una escoba. Como era el segundo día de Navidad y las tiendas estaban cerradas, tuvo que coger el coche e ir a casa de mi tío Steve a pedirle un poco de filete de Navidad. Todos los Morrigan tienen un filete de Navidad. Es una tradición familiar.
Como podréis imaginar, la Navidad no despierta mucho entusiasmo. Mis padres siguen sin hablarse, el ambiente es muy tenso y mi padre constituye un riesgo considerable, porque no tienen nada que hacer. 
[Moran, Cómo ser famosa, Anagrama]

miércoles, 26 de febrero de 2020

Gastroletras de Juan Gómez-Jurado

La aparición de Antonia Scott y de su compañero Jon Gutiérrez en el thriller Reina Roja del autor madrileño Juan Gómez-Jurado fue todo un acontecimiento en el panorama de la novela negra en español. A Reina Roja (2018) le siguió Loba Negra (2019)... y los lectores esperan más. "Antonia Scott es una mujer muy especial" y Jon Gutiérrez sabe, como buen vasco, mucho de cocina. De su mano vamos a aprender cómo prepara la tortilla perfecta.
A Jon Gutiérrez le gusta cocinar. Los dos estaban muertos de hambre, y Antonia Sugirió ir a un restaurante para un almuerzo temprano. Jon dijo que a esas horas dónde se iba a poder comer bien, que esto es Madrid; Antonia, que a ver qué te crees; Jon, que no tienes ni idea de cocinar; Antonia que, aquí se come mejor que en ningún sitio; Jon, que tú qué sabrás si a ti te sabe todo a cartón. Y acabaron en casa de Antonia tras un no hay huevos. Una parada previa en el súper de abajo: una malla de patatas, una cebolla, una botella de aceite de oliva, media docena de huevos camperos (que no había). Así que Jon se quita la chaqueta, se arremanga, se lava las manos. Pela las patatas y las corta en láminas muy finitas, chascándolas un poco. Pone el aceite a calentar, mucho, vigilando que no esté demasiado caliente. Echa las patatas, veinte minutos. Mientras, pica la cebolla y la pocha en la sartén aparte hasta que está cristalina. Saca las patatas. Las escurre. Las deja reposar hasta que han enfriado un poco. Luego pone el aceite caliente como los pozos del infierno, y echa las patatas. La doble fritura es la clave. A partir de ahí, cuesta abajo. Bate los huevos ¡, homogéneos pero sin pasarse. Saca las patatas, están crujientes y un punto tostadas. Las escurre, las seca un poco con papel de cocina. Las deja atemperar para que no cuajen el huevo al entrar en contacto con él. Las mezcla con el huevo, apretando un poco para que se empapen. Las echa en la sartén. Cuando los bordes están cuajados, les da la vuelta con un plato. Momento crítico. Sale bien. La sirve. Antonia corta la tortilla, que se derrama un poco, oro líquido.  La prueba- --Me sabe a cartón --dice, con la boca llena. --Me cago en tu padre, Scott.
[J.Gómez-Jurado, Reina Roja, Ediciones B]

lunes, 25 de noviembre de 2019

Gastroletras de Álvaro Enrigue

La novela Muerte súbita, del autor mexicano Álvaro Enrigue --31º Premio Herralde (2013)--, narra un hipotético partido de tenis entre Quevedo y Caravaggio en 1599. Por otro lado, nos asistimos al encuentro entre Hernán Cortés con Cauhtémoc con la Malinche como intérprete. También vemos a Galileo y al Papa Pío IV. Y de este modo se van entretejiendo unos acontecimientos que llevan a la novela histórica a una dimensión a la que no estamos habituados. En México, Cortés y el líder indígena, ven un partido de pelota y el entretenimiento es tan parecido al que hoy vemos en los campos de fútbol que asusta:
Le tendió el cono de hoja de palma. Qué son, le preguntó Cortés mediante la lengua de Malintzin. Para entonces ella ya había aprendido suficiente español para hacer el trabajo sola. Pepitas de calabaza asadas con miel, dijo Cuauhtémoc en chontal, que era la lengua de la traductora. El conquistador esperó la versión en castellano, tomó un puño y se las fue comiendo de una en una sin dejar de atender al juego de pelota. Estaban sentados en primera fila, con las piernas colgando del muro en cuyo foso los atletas se partían el lomo evitando que la bola cayera al suelo sin tocarla con las manos o los pies.
Por su parte, en Italia, el autor nos presenta los primeros pasos de Michelangelo Merisi da Caravaggio del siguiente modo:
Caravaggio fue un pintor de santitos en el periodo en que vivió en la loggia de los Colonna. Camila Peretti lo puso a trabajar para el cura hijo de puta Pandolfo Pucci, que a su vez lo obligaba a pintar a cambio de una manutención que no lo era tanto: bajo su administración, la servidumbre de la casa no comía más que hojas verdes.
Dice el médico Mancini: "Ensalada de entrada, de guisado, de postre y hasta de mondadientes". En las por entonces ya temibles borracheras con que Caravaggio mitigaba las durezas del proyecto de vida que significaba ser un artista joven en la ciudad a la que ya se habían mudado todos los artistas jóvenes de Europa solía llamar a su patrón "Monsigniore Insalata". Que Mancini supiera esto habla de que en su propia juventud tampoco debió ser flor de buen comportamiento.
[Álvaro Enrigue, Muerte súbita, Anagrama]

domingo, 13 de octubre de 2019

Gastroletras de Sue Kaufman

Publicada originalmente en 1967, Diario de un ama de casa desquiciada vio la luz en su versión en español en 2013 de la mano de Libros del asterioide. Considerada "una de las novelas fundacionales y más representativas de la nueva conciencia femenina surgida a mediados del siglo pasado en Estados Unidos", la obra de Sue Kaufman está de vigente actualidad. Narra la aparente vida perfecta de Tina Balser que, en el fondo, no es tal sino una lucha como la de cualquier ser humano con sus anhelos, frustraciones, miedos y dudas. En este diario encontramos bastante presencia del hecho gastronómico que es utilizado por la autora para definir ciertos conceptos y situaciones. Por ejemplo, así recuerda la cena de Acción de Gracias de su infancia.
Aunque las criadas variaban de año en año, el menú era siempre el mismo: crema de champiñones de lata, pavo relleno, jalea de arándanos en conserva, judías verdes, boniatos cubiertos de malvavisco, ensalada, panecillos, un molde de helado gigante en forma de pavo y bombones de chocolate en forma de hoja. El pavo siempre estaba duro y fibroso; el relleno, seco y harinoso; las judías verdes, duras y de un verde brillante; los boniatos, empalagosos y pegajosos por culpa del dulce. Era una comida benéfica, los parientes pobre invitados una vez al año para compartir la Gracia de Dios y ser agradecidos. Solo que nunca oí a nadie pronunciar una sola palabra ni remotamente relacionada con la gratitud.
Y un año, por fin, nuestra protagonista tiene ocasión de cambiar el menú de todos los años y hacer algo diferente:
Este año, cuando Jonathan lo hizo, me volqué en su petición de hacer algo diferente, y funcionó: George se esfumó. Me lancé sobre mis libros de cocina y sobre los viejos números de Gourmet de Jonathan, y cuando tuve diseñado el impresionante menú, empecé con las compras y la elaboración. Lo hice todo a pie, eligiendo yo misma los productos y arrastrándolos hasta casa: el ave de siete kilos, las verduras, las frutas. (En el Nieuw Amsterdam Market se pegaron un susto de muerte al verme aparecer, ya que, como me explicó Jonathan una vez, "su clientela solo compra por teléfono"). Incluso me quedé mirando cómo el hombre de la pescadería abría las otras para el relleno y fui caminando hasta Schafft para el pastel de calabaza, el único elemento de mi menú nostálgico que la intuición me dijo que no cambiara. Y entonces lo cociné todo yo, desde la sopa, un consomé doble para el cual era necesario tener una olla de caldo ene l fuego durante dos días, hasta los frutos secos: unas almendras que escaldé, unté con mantequilla, salé y tosté yo misma. Muy Tabita-Twitchit-Danvers. Ayer llegó finalmente Acción de Gracias. Amaneció un día frío y crudo, el aire olía a nieve.
No os cuento cómo fue el desarrollo de ese día tan esperado... os aconsejo que leáis la novela. No os defraudará.

[Sue Kaufman,
Diario de un ama de casa desquiciada,
Libros del asterioide]

domingo, 15 de septiembre de 2019

Gastroletras de Haruki Murakami

Este narrado japonés es uno de los grandes novelistas contemporáneos y eterno candidato al Premio Nobel. Las historias que cuenta se mueven siempre en esa delgada línea que separa --o que une-- realidad y ficción. Sugerentes, mágicas y envolventes. En esta ocasión, traigo a las Gastroletras varios fragmentos de un cuentecito titulado La biblioteca secreta, en el que una biblioteca es un laberinto con curiosos personajes donde el protagonista se ve atrapado pero que se ve ayudado, entre otras cosas, llevándole alimentos:
Se oyó girar la llave en la cerradura y entró una chica empujando un carrito. Una chica tan hermosa que de solo mirarla, dolían los ojos. Debía de tener, más o menos, mi edad. Sus brazos, piernas y cuello eran tan delgados que parecía que la fuerza más insignificante pudiera quebrarlos. Su pelo, largo y liso, relucía como una joya. Tras mirarme unos instantes, empezó a colocar sobre la mesa, sin decir palabra, la comida que llevaba en el carrito. Era tan hermosa que ni siquiera logré abrirla boca. La comida tenía muy buen aspecto. Sopa de erizo de mar, caballa a la parrilla (aderezada con crema de nata agria), espárragos blancos con salsa de sésamo, ensalada de lechuga y pepino, panecillos calientes y mantequilla. Todos los platos humeaban. Y, además, un gran vaso de zumo de uva. Cuando acabó de disponerlo todo, la chica me dijo por señas: "Vamos. Deja de llorar. Come".
En otro momento:
Pero, al atardecer del día siguiente, aquella muchacha enigmática volvió a presentarse en mi cuarto. Esta vez, la cena consistía en salchichas de Toulouse con ensalada de patatas de guarnición, besugo relleno, ensalada de berros, un gran cruasán y, además, té inglés con miel. Todo ello, a ojos vista, delicioso. "Como con calma. Y no te dejes nada, ¿eh?", me dijo la muchacha por señas.
En esta ocasión es otro personaje, no la "enigmática muchacha", quien ayuda a nuestro amigo:
Yo me encontraba frente a la mesa, leyendo, cuando se oyó cómo giraba la llave y, acto seguido, el hombre-oveja entró en el cuarto llevando una bandeja con donuts y limonada. --Te he traído los donuts que te prometí. Está recién hechos, crujientes y sabrosos. --Gracias, seños hombre-oveja. Cerré el libro y, sin perder un minuto, le hinqué el diente a un donut. Crujiente por fuera, tierno por dentro. Un donut riquísimo. --Nunca había comido un donut tan bueno --dije. --Acabo de hacerlos yo --dijo el hombre-oveja--. He amasado la harina y todo. --Si abrieras una tienda de donuts, seguro que tendrías clientes a montones. --Sí, ya lo había pensado. Que ojalá pudiera hacerlo algún día. --Seguro que puedes.
[Haruki Murakami, La biblioteca secreta,
Libros del Zorro Rojo]

sábado, 10 de agosto de 2019

Recorremos la Ciudad Blanca de la mano de Kraken

Unai López de Ayala, más conocido como Kraken, es el protagonista de la trilogía de la Ciudad Blanca --El silencio de la Ciudad Blanca, Los ritos del agua y Los señores del tiempo--. En estas tres novelas negras, este inspector de la División de Investigación Criminal de Vitoria especializado en la realización de perfiles de criminales, resuelve junto a su compañera Estíbaliz Ruiz de Gauna, su jefa Blanca Díaz de Salvatierra y otros colaboradores varios casos de asesinatos en serie.

Pero más allá de las complejas tramas, a través de las que vamos conociendo la ciudad de Vitoria y su hitsoria, Eva García Sáenz de Urturi, la autora, le da a Unai un poder que nos interesa mucho y es que, si estamos atentos, nos hace un recorrido por la Vitoria gastronómica.


Sagartoki
Estaba disfrutando del mejor pincho de tortilla de patatas del mundo, con el huevo a medio cuajar y las patatas cocidas aunque crujientes, cuando recibí la llamada que me cambió la vida. A peor, debo aclarar. [...] Ni siquiera me despedí de la cuadrilla. Seguirían en el asador Sagartoki, en medio de aquella marea humana, y era poco probable que alguno hiciese caso de su móvil si les llamaba para comunicarles que mi día del Blusa acababa de terminar allí mismo. 
Toloño
Enseguida traspasé el umbral de la puerta de cristal del Toloño. Era un local de techos negros, con los pinchos escritos en tiza blanca sobre las paredes de pizarra. Muy popular, pero tranquilo. A mí me calmaba, era como un pequeño reducto de paz en el que solía recalar antes de llegar a casa. A veces me dejaba caer por allí, comía y volvía a mi piso con el estómago templado y el plan culinario del día resulto. Estíbaliz me esperaba sentada sobre una banqueta frente a la sinuosa barra de madera clara. --Me pedido por ti --se adelantó. Irlandés de hongos, nido de vieiras con gulas y txnagurro al horno. Con mostito. ¿Nos sentamos o de pie?
--
Le encajé un beso sonoro en la mejilla y me largué a comer al Toloño, no me apetecía cocinar ni quedarme en casa solo con mis pensamientos. 
Amairu
[La Casa del Cordón] Le debía su curioso nombre al cordón franciscano que rodeaba uno de los enormes arcos ojivales de la entrada. Era una de las fachadas más fotografiadas por los turistas, pero para mí tenía otros recuerdos más prosaicos... aquellos cucuruchos de patatas fritas con kétchup, grasientas y ardientes, que se despachaban a las dos de la madrugada en el Amairu, el bar de enfrente. Yo me sentaba en el peldaño de la pequeña puerta entre los dos arcos de la Casa del Cordón, con el cucurucho entre las manos heladas. 
[Irlandés (huevo, perretxikos y crema de hongos) de Toloño]

Zaldiaran
Estíbaliz y yo llegamos en coche a la avenida Gasteiz y por algún extraño e inusual milagro del destino, pudimos aparcar frente al edificio triangular de los Juzgados y nos dirigimos al restaurante Zaldiaran, el único de la capital que contaba con una estrella Michelin. [...] Tiene que ser apasionante trabajar con productos de kilómetro cero. --Desde luego que lo es. Trabajamos sin intermediarios con productores locales: trufa negra, patata de la Montaña Alavesa... --¿También con productores de miel? --intervino Estíbaliz, en el tono más causal que pudo. --Sí, precisamente yo me encargo de ese producto en concreto --comentó, distraído--. El de las abejas es un mundo fascinante, ¿no creéis?
Goya
--Entra conmigo --le pedí, frente a la confitería Goya--. Necesito algo de azúcar para pensar mejor. Nos adentramos en uno de los locales de la pastelería con más antigüedad de Vitoria, la que había convertido en famosos sus Vasquitos y Nesquitas, bombones de chocolate cuadrados que se fabricaban desde 1886 y que la gula de nuestros abuelos había mantenido en el top de ventas de los dulces del norte desde entonces. 
PerretxiCo
Dos horas más tarde, tras esperar en silencio, Estíbaliz rompió la tregua. --Unai, voy a salir. Voy a salir porque es la una y no he comido nada en toda la mañana. Voy a entrar en el PerretxiCo y voy a tomarme un par de pinchos, ¿te traigo un bocata o algo para aguantar? De todos modos, hoy tenemos mucho que hacer.  
[Tortilla de patatas de Sagartoki]

Rincón de Luis Mari
Después de tomar unos serranitos en el Rincón de Luis Mari con mi cuñada Martina. 
Usokari
¿Estás por el centro? Tal vez podamos vernos. Yo también ando hoy con prisas, el director está que se sube por las paredes. --Nos vemos en cinco minutos en el Usokari, si te parece --me ofrecí--. Todavía no he comido. Al poco, mientras yo me terminaba mis cinco pinchos, apareció Mario y se sentó frente a mí, en la mesa más discreta del bar, la que daba a la calle del Arca.
Heladería Di Breda
Decidí acercarme a la heladería Breda, en la misma calle Dato, para terminar mi comida con un helado de mantecado. Era lo único que podía levantarme el día. 
[Patata alavesa a la importancia con bogavante de PerretxiCo]

La Riojana
Aproveché para llamar a Estíbaliz e informarle. Ella estaba cenando con su novio en La Riojana, en la Cuchi, así que quedamos en encontrarnos en la balconada de San Miguel y un par de minutos después me atreví a abrir el portal y salir a la plaza. 
El Mentirón
Desperté y bajé a desayunar un café con leche y un cruasán en el Mentirón, a los pies de la plaza.
Txapela
Comenzó a vivir aterrado, a inventar excusas para ir siempre acompañado, a no dejar salir a su mujer y a sus hijos sin él. A tomar manía a la ciudad, a sus calles, a los colegas más prósperos que lo invitaban a unos vinos por la calle Dato y a unas banderillas en el Txapela, por muy bien que oliesen las rabas los domingos después de ir a misa a la parroquia de San Mateo.
[Vasquitos y nesquitas de Confituras Goya]

Deportivo Alavés 
--Hoy me he tomado el día libre en el despacho, he quedado a almorzar con Martina en el Deportivo Alavés unas tortillas manchadas, me apetecía mantener la tradición.
Saburdi
Unai y yo íbamos a tomar unos pinchos en el Saburdi, no sé si querrá acompañarnos. 
La Malquerida
Fue una mala elección. Estaba abarrotada como todo el centro aquel día. La Malquerida y los demás bares que jalonaban los portales del casco antiguo rebosaban vitorianos y me costó más de un cuarto de hora llegar a la plaza de la Burullería, el patio trasero de la catedral donde había quedado con Estíbaliz. 
[Foei a la plancha, confitura de mango y frutos rojos
y almendras laminadas de La Malquerida]

No nos queda más que agradecer a la autora que haya querido incluir en las páginas de su obra esta guía gastronómica de su ciudad y, por supuesto, hacer otra gastroescapada a la capital alavesa para, libro en mano, recorrer estos locales disfrutando de la cocina vitoriana.

domingo, 7 de julio de 2019

Gastroletras de Eduard Palomares

No cerramos en agosto es la primera novela del periodista Eduard Palomares (1980), que se enmarca en la tradición de la novela negra catalana. Por temática y por estilo, su lectura nos recuerda a autores como Vázquez Montalbán o Eduardo Mendoza que, al igual que Palomares, se esfuerzan en  describir la Barcelona que les ha tocado vivir. Y dentro de esta tradición, no puede faltar la presencia del hecho gastronómico durante toda la obra. Rescatamos un fragmento de un encuentro del protagonista con su grupo de amigos para disfrutar de unas tapas:
Justo en ese momento se acerca el señor Huang pidiendo mil disculpas como si estuviera interrumpiendo una reunión ministerial y nos entrega la carga de tapas, copia exacta de la que ideó en su día el dueño original. Incluso mantiene un platillo de trinxat de la Cerdaña que nunca nos hemos atrevido a pedir. Para no pensar, le propongo un menú degustación "porque confiamos ciegamente en su criterio".
--Pero que no falten las bravas. Ah, y otra ronda de cervezas --pide Berni.
La velada continúa y la mesa se va llenando de botellas vacías y platos que se ven despojados de su contenido apenas tocan la superficie de la mesa. Sam continúa:
--Lo jodido es que no sé cómo vamos a pagar la hipoteca, porque el paro me da para ocho o nueve meses como mucho. Y el sueldo de Marta no es nada del otro mundo. Por si fuera poco, toda esta situación está generando mal rollo entre nosotros. Incluso nos hemos planteado separarnos...
--No, hombre, Samu, tomaros las cosas con más calma. Ya verás como se van arreglando poco a poco --determino como si fuera un experto en relaciones de pareja mientras pincho una albóndiga con sepia.
--Sí, lo sé, Solo, pero ¿qué pasará si no encuentro trabajo pronto? ¿Y si Marta me deja tirado y tengo que pagar la hipoteca yo solo? Me desahuciarán... 
--Ni de coña, antes convocamos a la PAH y montamos un buen pollo --proclama Pol con una rebanada de pan de payés con tomate y fuet en la mano.
--Ya encontraremos una solución, Samu, pero no te montes demasiadas películas --aconseja Berni con un par de calamares a la romana en la boca.
--Siempre podemos irnos todos a vivir a tu piso y así compartimos gastos. Estoy harto de vivir con mis viejos --propongo en coña para diluir el mal humor.
--¡Joder, es una idea de puta madre! --exclama Berni, que ahora ataca los tacos de un queso que, según promete la carta, procede de las montañas de Ripollès.
--¡Ya te digo! --confirma Pol.
--Qué coño decís, si solo hay dos habitaciones --replica Samu con cara de susto.
--¡Pues ponemos literas!
La conversación va desvariando hasta que llega el postre: una tarta de Santiago dura y rancia. Pero como el señor Huang nos sirve unos chupitos gratis de moscatel se lo perdonamos. Con los vasos llenos, Berni pide la palabra:
--En primer lugar, gracias, Solo, por este festín, aunque podrías habernos llevado a algún restaurante con estrella Michelin con esos quinientos pavos. Se agradece el detalle de todas formas.
Levanto mi vaso como aceptación de esas bellas palabras.
[E. Palomares, No cerramos en agosto,
Libros del Asteroide]

sábado, 8 de junio de 2019

Gastroletras de Javier Pérez Andújar

La noche fenomenal es una novela muy particular. El equipo de un programa de televisión sobre fenómenos paranormales se ve envuelto en una serie de aventuras en la que nos hallamos con dos dimensiones, con dos Barcelonas... inverosímil, surrealista y sorprendente, con un fragmento gastronómico de esos que nos gustan y que, al leerlo, os daréis cuenta del tono del propio libro. ¿Qué comen los gnomos?
Decía que por fin habían capturado un ejemplar. Al parecer , dos matrimonios lo encontraron en el camino del lago de Bañolas cuando salían al comer al aire libre. Bañolas no es bien bien los Pirineos, pero está en Gerona. Algo es algo. Se ve que vieron moverse una cosa entre las matas, un ser que parecía como un duende, y no de los hombres le echó el mantel encima y lo atrapó. Al principio creyeron que podría ser el reto de algún animal extraño, pero enseguida se dieron cuenta de que se trataba de una criatura ya formada, de unos doce centímetros de altura, con la piel azul y una protuberancia en la cabeza en forma de gorro frigio o de barretina. Tenía los ojos rojos y unas membranas entre los dedos de pies y manos, como los anfibios. El caso es que sobrevivió cuatro días en cautiverio y luego se murió, yo creo que de pena. Le ofrecían toda clase de alimento y no aceptaba ninguno. Pero claro, lo habían metido en una jaula. ¡Qué animales! Soltaron al periquito y encerraron en su jaula a aquel pobre ser. Al principio le daban sobras de la comida. Imagínate, butifarra con judías, escudella, carn d’olla, bull, pan con tomate, escalivada, suquet, patarrellada, calçots, naranjas, fresas, sandía, uvas, canelones al horno, tabulé, pizza, mortadela de olivas, ensaladilla rusa, churrasco de ternera, y dicen que hasta probaron con una onza de chocolate blanco y otra del negro de la marca Elgorriaga. Le cocinaron recetas de la tele; le pusieron agua del grifo y agua embotellada, vino, cerveza, Coca-Cola, café, Sprite, Tang, anís del Mono, Codorniu, y como tampoco aceptaba ese tipo de alimentación le dieron frutos del bosque, moras, frambuesas, arándanos, madroños y otras bayas, avellanas, nueces, hojas de lechuga, habas tiernas, forraje fresco, galletas para perros, latas para gatos, primero de las más baratas, y después de las más caras, pellets para conejos, guisamos de harina para hámsters, barritas de fruta para chinchillas, pienso completo para hurones, preparados Max para ardillas, preparados para iguanas, ratoncillos vivos, caracoles vivos y caracoles guisados con almendra picada, sobres de camarones liofilizados para tortuga, copos y espirulinas para peces de agua dulce, plancton para peces marinos, bolitas para estrellas de mar, el alpiste que había quedado del periquito, un poco de mezcla de linaza y negrillo para canarios, hojas de marihuana, bellota y polen, semillas de adzuki para loros, algarrobas, Ivo... Pero tampoco nada de eso fue capaz de ingerir aquel hombre gnomo. Seguro que amor no le dieron ni un poco.
-- Mucha comida veo yo para solo cuatro días.

[Javier Pérez Andújar,
La noche fenomenal, Anagrama]

martes, 26 de marzo de 2019

Gastroletras de Sara Mesa

Cicatriz es una novela breve pero inquietante, de la escritora y periodista madrileña Sara Mesa. Es una novela sobre los límites, una novela perturbadora y sugerente. Una novela absorbente, que te atrapa desde la primera página. Una novela sobre la verdad y la mentira, sobre el poder y la sumisión, sobre la voluntad y sobre la creación. Una novela que queremos recomendar desde este espacio para lo que hemos rescatado este fragmento:
Ahora le ha dado por ir a restaurantes caros, en ocasiones muy caros, donde pide directamente la carta de postres --Sonia se pregunta cómo puede pagarlos--. Ante el desconcierto de los camareros, argumenta que va a gastar más dinero solo en postres que en un menú completo. Acostumbrados a las excentricidades de sus clientes, no es habitual que le pongan pegas. Así que  se sienta, pide cuatro o cinco postres --a veces la carta completa--, y los paladea lentamente mientras observa alrededor a los otros comensales. Casi siempre va solo. Suelo avergonzar a mis acompañantes, así que lo prefiero así. Quizá con ella haría una diferencia, matiza. Sí, creo que me encantaría ir contigo. Pocos días antes se habían negado a servirle. El camarero, visiblemente incómodo, se inclinó para susurrarle al oído: "Señor, aquí se viene a tomar una comida normal." Le recomendó el jabalí, el venado, la carne de caza. Sus arroces --murmuró frotándose las manos-- también eran deliciosos. Knut insistió en que solo quería pedir los postres. Aquello no era una pastelería, dijo el camarero. "Ya sé que no es una pastelería", respondió él. "En una pastelería venden pasteles. Yo vengo aquí a tomar postres. Postres elaborados, de restaurante." El camarero entró en la cocina a deliberar con el chef y salió al rato sin ponerle ya más obstáculos. Le sirvieron, sí, pero con condescendencia. Precisamente por eso me he prometido a mí mismo volver a ese sitio muchas más veces.
[Sara Mesa, Cicatriz, Anagrama]

miércoles, 6 de febrero de 2019

Gastroletras de Benjamin Black

Benjamin es el seudónimo que utiliza el escritor irlandés John Banvillle --galardonado en 2014 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras-- en sus novelas negras de las que Los lobos de Praga, su última publicación, es un brillante ejemplo. En esa ocasión, hablamos de una novela negra histórica, ambientada en la Praga de finales del siglo XVI y principios del XVII en la que podemos leer esta magnífica descripción del suculento banquete al que Girolamo Malaspina invita al protagonista de la obra, Christian Stern.
-- Ecco, signore --dijo--. ¡Ahora, a disfrutar del banquete!
Y vaya si disfrutamos. Ese día sufrí una conversión damascena y me transformé en el hombre de buen comer que he sido desde entonces. Todos los jóvenes deberían darse prisa en ejercitarse en los placeres de la mesa, pues sobreviven a cualquier otro, incluso a los del lecho, les doy mi palabra.
La comida que nos sirvieron fue opulenta, inusual y sorprendentemente variada. Para empezar, había lonchas de hígado de pichón sobre pan tostado y pastel de carne picada de cerdo con trozos de grasa translúcida. Luego llegó una gruesa y dulce nadando en una salsa aromática de hierbas, después de lo cual limpiamos nuestro paladar con un sorbete de membrillo. Para rematar la comida sirvieron en bandeja de plata un capón asado relleno de trufas; ¡ay, incluso ahora se me hace la boca agua al penar en el lejano recuerdo de aquella noble ave! Después, una compota de fruta untada de nata montada, un pastel de almendras empapado en miel y, para terminar, unos trozos de un exquisito queso parmesano muy curado que se desmenuzaba con facilidad... Fue la primera vez que lo probé.
En cuanto a la bebida, nos escanciaron en abundancia los vinos de reserva más singulares. Probamos un vigoroso y afrutado Riesling Wüttemberg del color de la paja, a continuación un maravilloso tinto llegado de las colinas toscanas, cálido y espeso como la sangre y, después de apurarlo hasta los posos, un aqua vitae fría y clara de Friuli, destilada de los hollejos de la uva, que produjo y gélido tintineo en mi boca pero corrió como fuego líquido por mis venas. 
[Benjamin Black, Los lobos
de Praga
, Alfaguara]

miércoles, 2 de enero de 2019

Gastroletras de Lindsey Davis

La plata de Britania es la primera novela que la autora inglesa Lindsey Davis escribió con el detective Marco Didio Falco como protagonista. Las novelas --veinte, hasta la publicación de Némesis, la última de la serie, en 2011-- tienen como trasfondo histórico la Roma del emperador Vespasiano. En la novela que nos ocupa, las referencias gastronómicas se cuentan por cientos, pero nos hemos querido parar en el uso que hace la autora británica de la comida como elemento de comparación, puesto que nos ha parecido muy divertido a la par que poético. Veamos algunos fragmentos:
(1) Para salvarlo de la indignidad de que una mujer lo estrujase hasta convertirlo en pulpa de fruta.
(2) El más corpulento de los dos intentaba arrancarme las amígdalas con la tenaz eficiencia con que un pinche de cocina pela guisantes.
(3) ¡Me encantaría abrirlo como a un pollo entrometido, deshuesarlo y depositarlo en una parrilla al rojo vivo!
(4) Suponía que al llegar quedaría aplastado como un cascarón de huevo bajo la pesada bota de un guardia.
(5) Sosia llevaba un vestido rojo con el dobladillo adornado con una trenza color ciruela.
(6) Por debajo el tono de su piel era blanco pétreo como el del alabastro. Era ella, pero jamás sería ella misma. No había luz ni risa, sino un estuche inmóvil y blanco como un cascarón de huevo. Aunque era cadáver yo no pude tratarla como a un cadáver.
(7) En comparación con Hilaris, mi cliente Camilo Vero no era más que una ciruela pocha
(8) Me volví a medias: se trataba de la joven envarada que tenía a la niña en la falda. Sus ojos semejaban caramelo quemado en un rostro cual una almendra amarga. Lucía aretes de oro de los que colgaba una fina cuenta de coralina. De repente la iluminé: era Helna, la hija del senador.
(9) Yo era un tronco derribado que flotaba en una sopa de cebada tibia, aunque apenas podía mover los brazos  las piernas porque tropezaba con los granos; me había atiborrado de zumo de adormidera para calmar el dolor.
(10) Bajo el crepúsculo sus ojos habían adquirido el color de la miel vieja: los últimos restos que se esconden fuera del alcance de los dedos en el fondo del tarro.
(11) Una luz color champiñón cubría de copos los tejados de los templos o titilaba en los surtidores de las fuentes.
(12) Está blando como las natillas. El muy imbécil ha vuelto a enamorarse.
(13) Le dirigí una mirada desorbitada y perversa con la que daba a entender que en un almacén de pimienta podíamos hacer cosas que tenían su propio picante. Helena se puso seria. Carraspeé sensatamente. Se levantó para irse.
 (14) La única posibilidad de moverse consistía en abrirse paso realizando contorsiones musculares en medio del gentío, como una comida que discurre en el interior de una serpiente.
(15) Apenas tuve tiempo de descender calle abajo y aplastarme contra el carro destartalado porque el hombre salió del almacén como una semilla de altramuz que revienta
(16) Bastaría con que cualquiera de los dos hiciese un movimiento para que Camilio la rebanara como a un jamón hispano.
(17) Estaba de pie junto a la barandilla y miraba hacia fuera, pero se volvió en cuanto hablé: ojos como caramelo líquido en un rostro almendrado y cremoso.

Lindsay Davis, La plata de Britania, 2006

martes, 26 de junio de 2018

Gastroletras de Andrei Kurkov

Una novela negra ambientada en la Rusia posterior a la era soviética que trata de soledad, corrupción, literatura y muerte. En Muerte con pingüino, Andrei Kurkov nos presenta a un escritor con poco talento que es contratado por un periódico para que escriba necrológicas de personajes que todavía no han muerto. El protagonista se siente tan solo que comparte vida con un pingüino. A partir de esta puesta en escena, todo puede pasar... y de hecho, todo pasa. Traemos a estas páginas el comienzo del capítulo 36, en que se nos cuenta la peculiar celebración del Año Nuevo:
A la mañana siguiente Sergei y Viktor se dedicaron a los preparativos del Año Nuevo. Lo primero fue bajar la televisión del altillo, instalarla en el cuarto de estar caldeado y enchufarla y ajustarla. Dio la casualidad de que estaban poniendo dibujos y Sonia se sentó en la butaca a verlos.
Subieron de la bodega un tarro de tres litros de pepinillos, tomate y pimientos en vinagreta, otras dos botellas de licor de cereza y dos kilos de patatas.
--Y ahora lo que hay que hacer --dijo Sergei frotándose las manos de satisfacción-- es ocuparse de la carne de la leña para la hoguera de esta noche.
El tiempo transcurría despacio, como si el año no tuviera ninguna prisa por acabarse.
Cortaron y dejaron la carne en adobo, partieron leña y la apilaron junto al árbol, más algunas otras menudencias y según el reloj todavía no era más que mediodía.
[...]
--¿Qué tal un trago de algo? --sugirió Sergei.
Se sentaron a la mesa de la cocina y brindaron con licor de cerezas.
--¡Que el tiempo vuele! --propuso Sergei al entrechocar los vasos con Viktor.
El brindis surtió efecto y el tiempo transcurrió algo más deprisa. Después de comer, todos, menos Misha, se echaron la siesta y ni siquiera Sonia puso pegas a que Sergei apagara la tele y decretase una hora de silencia.
Cuando despertaron ya había anochecido, el reloj marcaba las cinco y media.
--¡Qué bien ha estado este sueñecito! --dijo Sergei según salía fuera.
Se frotó la cara con nieve para espabilarse y se puso colorada como una langosta cocida. 
[...]
El fuego prendió en seguida. Sergei pinchó los trozos de carne en los espetones. Viktor estaba a su lado.
--Los pinchos, ¿son para este año o para el que viene? --bromeó.
--Para empezarlos este año y terminarlos el que viene. ¡Hay dos kilos de carne!
Cuando hubieron terminado los preparativos, volvieron a sentarse de la tele para ver por enésima vez la clásica comedia popular El brazo de diamante. Sonia se quedó roque antes del final y decidieron no despertarla hasta la medianoche. Sacaron la mesa y la chapa eléctrica al porche y, mientras se caldeaba el ambiente, extendieron un mantel viejo y pusieron la mesa. Dos botellas de champán y una Pepsi de dos libros en el centro, pescado en conserva, queso en lonchas y salchichón en rodajas; todo junto formaba una auténtica mesa de fiesta.
--Y ahora nos vamos a ocupar de Misha --dijo Sergei según colocaba al lado una mesita baja.
Puso encima una fuente.
--Pobre Misha --suspiró--. No sabe lo que es comer caliente  ni beber licores. Podemos ponerle un vaso, a ver qué pasa.
Viktor se negó en redondo.
[...]
--¿Por qué él no tiene nada? --dio la niña señalando a Misha.
Viktor metió la mano en la bolsa de la compra y sacó un envoltorio de vivos colores.
--En realidad es su regalo de Año Nuevo --dijo abriéndolo--, pero se supone que en la Antártida ya es Año Nuevo.
Sacó otro paquete, que tuvo que cortar con un cuchillo para poder volcar el contenido en la fuente que habían puesto en la mesita aneja. Se quedaron todos mirando el regalo de Misha. No era para menos: un pulpo pequeño, una estrella de mar, gambas, una langosta y otros ejemplares de la fauna marina en proceso de descongelación. El pingüino se acercó a la mesita para ver su regalo y se quedó igualmente sorprendido.
[A.Kurkov, Muerte con pingüino,
Blackie Books]