miércoles, 6 de enero de 2016

Bombardeo, dulce bombardeo

Hoy es 6 de enero. Hoy es el día de la ilusión para todos los niños, que se han esforzado durante todo el año en portarse bien con las miras puestas en la mañana del 6 de enero, cuando comprueban con emoción que SS.MM. Los Reyes de Oriente han pasado de madrugada por casa haciendo realidad los deseos expresados en la carta entregada al Paje Real. Y, como extra, seguro que han dejado gominolas, chicles, chocolates, regalices... para endulzar aún más una mañana que tendrá su cumbre gastronómica con el maravilloso (y esperado) Roscón de Reyes.

Permitidme que hoy os cuente un cuento: hubo una época en la que las sorpresas solían ser negativas, tristes, duras... fue hace unos setenta años, al final de la horrible Segunda Guerra Mundial. Berlín, la capital alemana, estaba dividida en cuatro partes, tras el pacto entre las grandes potencias. De ese modo, había una zona una americana, otra francesa, otra inglesa y una cuarta, bajo el control ruso. 

[Uno de los carteles que informaban, en inglés, ruso, francés y alemán, de las líneas fronterizas entre los cuatro sectores en los que estaba dividida Berlín]

Pero claro, a pesar del pacto, el presidente ruso, Stalin, allá por junio de 1948, tomó la decisión de mandar un bloqueo de las carreteras y los ríos a fin de impedir la llegada de alimentos y combustible a las zonas controladas por los tres países aliados. De ese modo, pretendía que se rindieran y le cedieran el dominio sobre toda la capital.

Controlados los accesos terrestres y fluviales por las tropas rusas, los aliados solo tenían la opción del aire para hacer llegar los suministros a los berlineses. Y trazaron un ambicioso plan que les llevó a conseguir hacer llegar al otro lado del muro 4.000 toneladas de alimentos y combustibles diarios gracias a una media de 900 vuelos al día, que solían aterrizar en el aeropuerto de Tempelhof. En la actualidad, el aeropuerto de Tempelhof no está en funcionamiento pero en las cercanías se puede ver el monumento dedicado al puente aéreo conocido como Hungerharke (que podríamos traducir como 'el rastrillo del hambre').

[Hungerhake]

Pero dejemos el turismo y volvamos al cuento. Las tropas americanas e inglesas, principalmente, cargaban sus aviones de todos los suministros necesarios para abastecer la ciudad y la actividad de los aviones era frenética. Un día de julio de 1948, uno de los pilotos americanos que se encargaba de esos vuelos, se acercó a una alambrada que se encontraba al final de la pista y empezó a hablar con unos niños (desnutridos, mal vestidos, con ojos tristes probablemente) que estaban observando los aviones aterrizar. El piloto, que se llamaba Gail Halvorsen (bueno y justo es que se sepa su nombre, que se conozca su historia) les dio dos chicles que los niños recibieron, trocearon y compartieron.  


Conmovido por el gesto de los chicos, les prometió darles más golosinas. Es más, les dijo que al día siguiente se las lanzaría desde su Douglas C-54. Pasó toda la noche haciendo paquetitos de chucherías y al día siguiente comenzó una nueva rutina: cada vez más niños esperaban ese avión del que lanzaban caramelos y chicles.

Pero un día, Gail Halvorsen fue llamado por su general a su despacho. Esperando la (merecida) reprimenda de su superior por realizar una labor no permitida, se encontró con la sorpresa de la felicitación y el apoyo para continuar y ampliar la labor emprendida... A través de donaciones de confiterías, de particulares y de la propia Asociación Estadounidense de Pasteleros, más de 20 toneladas de golosinas, caramelos, chocolatinas fueron lanzadas para llenar de dulce, de ilusión y de esperanza a los niños de la zona occidental de Berlín.


Berlín fue mantenida de ese modo durante 13 meses, gracias a los Roisenbomber o 'bombarderos de pasas', como fueron conocidos popularmente estos aviones que descargaban sus dulces desde el cielo de Berlín, en la Operación Vittles. La historia de Candy Bomber --como ha pasado a la historia el piloto-- nos hace creer en la humanidad y en la solidaridad, mientras los niños de hoy crecen atemorizados y advertidos para que no acepten caramelos de los extraños.

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