viernes, 23 de junio de 2017

Gastroletras de Ohran Pamuk

Orhan Pamuk es, probablemente, el escritor turco más conocido. Premio Nobel de Literatura en 2006, sus novelas transmiten pasión por su país y son un diálogo entre Oriente y Occidente, esencia de lo que es la propia Estambul, su ciudad natal. En una de sus novelas, Me llamo Rojo (1998), viajamos al siglo XVI y, en pleno esplendor del Imperio Turco, el café tiene un protagonismo que me cautivó cuando leí la obra.

El café como bebida y como lugar nada recomendables:
Los corruptos y los rebeldes se reunían en los cafés y conspiraban hasta el amanecer. 
[...] Este maestro Husret se enrabió hasta el punto de afirmar arrojando espuma por la boca, oh fieles, que tomar café era pecado. Nuestro Profeta no había tomado café porque sabía que entorpecía la mente, que ulceraba el estómago, que producía hernias y esterilidad y porque había comprendido que el café era un producto del Diablo. Además, los cafés son lugares donde los concupiscentes y los ricos que buscan el placer se sientan codo con codo y donde se realizan todo tipo de inmoralidades, así que habría que cerrar los cafés antes incluso que los monasterios. ¿Tiene el pobre dinero para pagarse un café? La gente va a los cafés, se embriaga con café, pierde la medida de tal manera que escucha a perros creyendo en serio lo que dicen; pero perro es el que blasfema contra mí y nuestra religión. Todo eso decía el maestro Husret.
Incluso como algo demoníaco, contrario a la religión islámica:
Mientras se beneficiaba a nuestro amigo, el gigante, luego comprendí que era el mismísimo Demonio, le besaba tiernamente las orejas y le susurraba al oído: «El café es impuro, el café es pecado...». Según eso, el que cree que el café es dañino no cree en los preceptos de nuestra hermosa religión sino en las sugerencias del Diablo. 
[...] Al final de la estrecha calle, nos vimos obligados a cruzarla, había un establecimiento que comprendí que era un café. Quizá la pelea había terminado antes de empezar. Una multitud que entraba y salía a gritos —en un primer momento pensé que lo estaban saqueando— estaba destruyendo el café. Primero sacaban las tazas, las cafeteras, los vasos y las mesas cuidadosamente y a la luz de las antorchas para que nosotros, los curiosos, lo observáramos y nos sirviera de ejemplo, y luego lo rompían todo ante nuestros ojos. Estuvieron golpeando un rato a uno que intentó detener aquello pero por fin pudo librarse. Al principio pensé que su única preocupación era el café, como decían.
Explicaban los peligros del café, cómo estropeaba la vista y el estómago, cómo confundía la mente y provocaba que los hombres abandonaran la fe, cómo era un veneno franco y cómo el Profeta Mahoma lo había rechazado a pesar de que el Diablo se lo había ofrecido disfrazado de una hermosa mujer. Aquello parecía una función nocturna educativa, hasta el punto de que en cuanto volviera a casa pensaba reñir a Nesim y decirle: «No tomes mucho de ese veneno».
O todo lo contrario:
Y de allí, copiados cuidadosamente de cuadernos secretos a libros, acabamos por llegar a este establecimiento feliz donde se toma café como si fuera un elixir rejuvenecedor.
Pero, inevitablemente, el café como espacio --físico, literario, cultural-- en el que suceden los acontecimientos, desde los más misteriosos a los más cotidianos:
Estaba en un café en una callejuela detrás del mercado de esclavos dedicado a calentarme con mi café y a mirar la imagen de un perro que había en la parte de atrás riéndome con lo que contaba como todos los demás, cuando me poseyó la sensación de que el tipo que se sentaba a mi lado era un asesino, como yo.
[...] Había ido a ese café un par de noches para entretenerme escuchando al cuentista y para recordar lo feliz que era antes de convertirme en asesino. 
[...] El joven maestro que poco después habría de pintarme, y que ahora me mira con sus hermosos ojos en nuestro querido café, se sentía angustiado por aquella imponente conversación, notaba que su mano se impacientaba y quería pintarme, pero no sabía cómo era yo. 
[...] El resto del día se pareció en parte a esas historias de persecuciones que había visto narrar y representar a los cuentistas ambulantes en los cafés de Alepo.
[...] Me gustan el olor del pimentón sofrito en aceite de oliva, la lluvia que cae al alba en el mar tranquilo, la aparición repentina de una mujer por una ventana abierta, los silencios, el meditar y la paciencia. Creo en mí mismo y la mayor parte de las veces no hago caso a lo que se dice de mí. Pero esta noche he venido a este café para prevenir a mis hermanos ilustradores y calígrafos a causa de ciertos cotilleos, mentiras y rumores.
[...] Los ilustradores y el resto de la clientela que llenaba el café cuando comenzó el asalto debían de haber escapado por aquel lugar, pero las macetas volcadas y los sacos de café tirados por el suelo indicaban que allí también había habido lucha.
El asalto al café, la muerte cruel del maestro cuentista y la terrorífica oscuridad de la noche hicieron que Negro y yo nos acercáramos el uno al otro.
El café como evocación de la infancia y como testimonio de una cultura y de una de sus grandes tradiciones.
Puse toda mi atención en los objetos de la casa acordándome de mi infancia. Recordaba de doce años atrás el tapiz azul de Kula del suelo, el aguamanil de cobre, la bandeja del café y la cafetera y las tazas, que, cuántas veces lo había repetido orgullosamente mi tía, habían venido de la lejana China a través de Portugal. 
[...] En otro momento, mientras su abuelo me hablaba de las maravillas de la luz y las sombras, entraron los dos niños, Sevket y Orhan, y nos ofrecieron café sosteniendo con mucho cuidado y esmero la bandeja con unos gestos que se notaba que habían sido ensayados previamente con todo detalle. 
[...] Dejó hervir la mezcla el tiempo que tardó en tomarse tranquilamente un café. Y mientras él se tomaba el café, yo me impacientaba como el niño que está próximo a nacer. Cuando el café le despejó la mente y agudizó su mirada como la de un duende, echó el polvo rojo a la cazuela y lo mezcló bien con uno de los limpios y delicados palillos que usaba para tal menester. 
[...] Hermanos maestros ilustradores, perdonad por el desorden de mi casa, me habéis pillado desprevenido, ni os he podido ofrecer café con ámbar ni he podido sacaros toronjas dulces porque mi mujer está durmiendo en el cuarto de dentro.  
Café omnipresente, bellamente descrito:
En la sala de dibujo en penumbra de una casa de dos pisos, le agudizó la mente al joven ilustrador ofreciéndole un café con aroma de ámbar y textura sedosa. 

[Orhan Pamuk, Me llamo Rojo, Alfaguara]
 .... Según los críticos, en esta novela se pueden descubrir las influencias de Kafka, Joyce, Mann, Nabokov y Proust. Es una novela plural, en cuanto a los múltiples narradores y a los temas que trata. Fue la novela que lo consolidó entre los grandes narradores del siglo XX.

6 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Acabo de leer Niebla y el brebaje más mentado es el té. Será porque la ciudad de Kar allá por los confines de la península de Anatolia todavía no ha llegado la ola del descubrimiento de América.

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  3. Una delicia tanto el café turco como tu entrada en el blog :)
    Mi primer año en Turquía me aficioné al çay (té turco) y lo bebía a todas horas pero este segundo año el türk kahvesi lo ha desbancado. Una maravilla para los sentidos acompañado de un vaso de agua y lokum (delicia turca). Es aromático, sedoso y en cada sorbo puedes sentir la tradición.

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  4. Sí, Javier, el çay (té) y el kahvesi (café) turcos comparten pasiones. Así lo percibí en Estambul. Creo que cada uno tiene su momento...

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  5. Cierto, Dolo, el lokum es el complemento perfecto para el café. Además, necesitas a alguien que te lea los posos ;)

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